Los demonios no confesos del racismo estructural en Cuba

Foto: Ariel Maceo Tellez 

Una vez, fuera de mi país, me preguntaron que de dónde yo era. Pude notar en las miradas de las dos chicas que sostenían esta inquietud, la curiosidad propia de alguien que te ha identificado porque no compartes su acento, o al menos eso fue lo primero que pensé. Luego de que les respondí con el orgullo que me caracteriza siempre que estoy fuera de mi país, ellas me dicen sin tapujos, con la mayor naturalidad del mundo y como decepcionadas de mi respuesta: “ah, es que la mayoría de los cubanos que nos visitan son blancos, por eso sentimos curiosidad”.

Mi cara probablemente haya transitado de una sorpresa no premeditada a una sonrisa resignada a no tomar por ofensa esta afirmación y sus reacciones de aparente decepción. Preferí respirar y concentrarme en el hecho de que lo decía alguien que poco sabía sobre Cuba. Después de tres segundos procesando qué iba a decir a continuación, preferí darles mi versión relajada y educativa-instructiva por respuesta. De ello derivó una charla de aproximadamente 5 minutos sobre la historia de Cuba y nuestros ancestros africanos, europeos y asiáticos.

Quedé un poco más complacida conmigo misma después de la charla que básicamente se convirtió en un monólogo desde la observación interesada de dos personas curiosas. Pero una parte de mi quedaba insatisfecha porque en el fondo todavía me choca bastante la incomprensión sobre cómo, incluso dentro de la región latinoamericana y caribeña, prevalecen mitos sobre lo característicamente fenotípico de un/una cubano/a.

Puedo entender que la mirada de afuera hacia dentro venga mediada necesariamente por unos lentes  particulares de contexto, el problema radica en qué producimos desde dentro que influye en la mirada desde fuera. Es por ello relevante lo que como nación importamos porque muchas veces la marca Cuba condiciona silencios intencionales sobre el mestizaje característico del país, algo auténtico que nos caracteriza.

Estos son sólo los síntomas externos del brote de una estereotipia relacionada con el color de la piel. Si miramos hacia dentro tampoco mejora mucho este panorama. Al interior de la sociedad cubana prevalecen prácticas racistas, algunas solapadas, otras abiertamente perceptibles que hacen constar evidencias de un problema estructural que opera de forma multidimensional, cual si estuviese anclado en el sistema vertebral de nuestra sociedad.

Lo que de estructural tiene el racismo nos remite a su capacidad para actuar de forma sistémica, invisible, indirecta o institucional. Ello puede explicarse mejor si lo comparamos con la violencia estructural puesto que existe una relación de base conceptual muy similar entre ambos problemas sociales.

Remitiéndonos a lo que propone el sociólogo y matemático noruego, Johan Galtung, cuando se refiere a la violencia estructural este afirma que implica una ampliación semántica cuyo objetivo es mostrar que su amenaza está presente de manera institucional incluso cuando no hay violencia en el sentido literal o “amplio”[1].  Si lo extendemos para comprender mejor qué es el racismo estructural, se percibe fácilmente una analogía que nos dice que estructural tiene que ver con invisibilidad e institucionalidad.

Termina configurando valores, prácticas, patrones, estereotipos, mensajes, íconos o signos que colaboran con la legitimación de la falacia de la superioridad de las razas.  Visto desde una perspectiva estructural, nos lleva a entender cómo opera y  cómo a través de este se reproducen ventajas sistemáticas de unos grupos sobre otros, lo que termina generando toda una estructura social sobre la que se erige la desigualdad.

Galtung se acerca al término violencia estructural desde lo que propone como el triángulo de la violencia, figura con la que busca representar los diferentes niveles que puede ocupar este problema. Si lo llevamos al terreno específico del racismo, podremos dar cuenta de sus similitudes desde la comprensión de que también sus manifestaciones se dan en formas diversas.

En la punta del iceberg está aquello que vemos como los comportamientos racistas más visibles. Lo que cruza con un racismo que se encuentra legitimado culturalmente y se concreta en actitudes. Llegando al racismo estructural, que se centra en el conjunto de estructuras que indirectamente pautan desigualdades, pobreza y exclusión social a las personas por su color de piel.

Desde aquellas prácticas de devaluación y exclusión consciente o inconsciente, del sujeto negro, sus cuerpos, culturas y espacios, definidas por Roberto Zurbano como neorracismo, hasta formas de expresión evidentes, el problema se caracteriza por su transversalidad y tiene su influencia a todos los niveles de la sociedad cubana.

Su evolución se ha dado de formas diversas, por lo que es difícil la identificación y denuncia. Los actos y agresiones racistas se encuentran tan arraigados dentro de las dinámicas que devienen de las relaciones sociales en Cuba, que permanecen encubiertos por un panorama político y jurídico que ha transitado de negar el problema a reconocerlo por fuerza de evidencias explícitas, pero sin que todavía a ello acompañe una legislación que paute formas específicas de erradicarlo.

Se trata de un mal oficial y silenciosamente extendido que termina perpetuando la discriminación a razón del color de la piel. Gran cantidad de actos racistas pasan desapercibidos en la cotidianidad, en ocasiones porque no somos capaces de verlo o entender la connotación que guardan para quienes constituyen el 9,3% (personas auto reconocidas como negras) y el 26,6% (personas auto reconocidas como mestizas), según Censo realizado por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI, 2012).

De acuerdo a este mismo Informe, en la provincia de La Habana se concentra el 31% del total de la población negra del país, alcanzando en Occidente una proporción de 52,1%. En la región central la cifra es de 18,2% y el restante 29,7% se asienta en la región oriental. Aunque son cifras que datan del 2012, constituyen un referente para profundizar en cómo afectan en sus vidas particulares la intersección de diversos indicadores, entre ellos, el color de la piel.

A menudo pasan desapercibido gran cantidad de acciones racistas que pueden ser fácilmente contextualizados en todo tipo de ambiente, ya sea en la calle, centros de trabajo y estudio, en medios de comunicación. Se manifiesta de forma tan variada que podemos citar casos concretos como el de la estudiante de Derecho que fue víctima de una ofensa racista por parte del conductor de un carro particular. La estudiante se decide a cambiar su trayecto y bajarse antes. Este fue el motivo que encontró el botero para vomitar sus palabras de odio al decir que que cada vez que se montaba un negro en su carro era lo mismo y que por eso no los soportaba.

También bebemos de ejemplos concretos en el sector de los negocios privados, actos que se encuentran definidos como tal desde la propia selección excluyente del personal, lo que no refleja la diversa composición racial de la población cubana. De acuerdo al Censo de 2012 entre los ocupados cuyo empleo es por cuenta propia las proporciones son de 68,1 (Personas blancas), 9,0 (Personas negras) y 22,9 (Personas mestizas), lo que da cuenta de las grandes diferencias proporcionales entre estos grupos, en perjuicio, sobre todo, de la población negra y mestiza.

El problema también se encuentra reflejado en los medios de comunicación, tomamos como ejemplo lo que pudiera ser una de las declaraciones más racistas que recientemente han sido arrojadas a la luz pública. El historiador del Ballet Nacional de Cuba (BNC), Miguel Cabrera, en una entrevista que le hiciera Amaury Pérez Vidal, como parte de su espacio televisivo ‘Con dos que se quieran’ despierta la polémica del racismo en el ballet con un discurso abiertamente discriminatorio, elitista y excluyente, al decir:

“Nos preguntan: ‘¿Y los negros?’ En el ballet de Cuba, el color es el talento (…) Hoy en día estamos teniendo lo que yo le llamo la mulatocracia, ¿por qué? Porque están saliendo con un físico, el ballet tiene un canon, una estética. Todo el mundo que quiere no puede llegar a ser primer bailarín. No es por el color, es por el talento y por la estética de su físico…”.

Esto deja al descubierto que también en los medios se adolece de prácticas reguladoras del racismo, a pesar de que la Política de Comunicación Social aprobada por el Estado se refiere al “respeto por el color de piel”. Tenemos por otro lado que en materia de política cultural, el Decreto 349, en su artículo 3.1, Inciso E:

Considera contravención cuando una persona natural o jurídica en la utilización de los medios audiovisuales muestre en ellos contenidos con: discriminación por el color de la piel, género, orientación sexual, discapacidad y cualquier otra lesiva a la dignidad humana (…).[2]

Pese a esto, todavía se siguen sucediendo eventos racistas en el ámbito mediático, lo que da cuenta del alto grado de invisibilidad que ocupa el tema.   

En Cuba no existen leyes específicas contra la discriminación racial…

El Código Penal[3] cubano condena la discriminación racial pero no están claras las formas concretas de aplicación en la práctica. En el CAPITULO VIII “DELITO CONTRA EL DERECHO DE IGUALDAD” ARTICULO 295.  se pauta que incurre  en  sanción  de  privación  de  libertad  de  seis  meses  a  dos  años  o  multa  de  doscientas  a  quinientas  cuotas  o  ambas quien discrimine  a  otra  persona  o  promueva  o  incite  a  la  discriminación (…).

Así mismo, en la SECCION NOVENA sobre el Crimen del Apartheid, ARTICULO  120 se establece que incurre  en  sanción  de privación  de  libertad  de  diez  a  veinte años o muerte, los que, con el fin de instituir y mantener la dominación de un grupo racial sobre otro, y de acuerdo con políticas de exterminio, segregación y discriminación racial. En este último se explican como algunas de sus formas la negación del derecho a la vida, atentados graves, detención arbitraria, prisión ilegal, explotación, etc. Estas formas, por la amplitud que enmarcan, dejan caer en un vacío legal el control sobre los efectos y las prácticas concretas a las que se refieren.

A pesar de que con el triunfo de la Revolución  se proclamó la igualdad de todos y todas ante la ley y se fueron derribando los vestigios de racismo existente en esta época, el problema no se pudo arrancar de raíz.   

La discriminación por motivo de raza y color ha pasado de ser considerada ilegal y punible desde la  Constitución del 40, hasta ser tenida en cuenta en el Capítulo VI “Igualdad” en la Constitución del 76. Su artículo 43 enuncia todos los ámbitos en los que el  Estado  consagra  el  derecho  conquistado  por  la  Revolución  de  que  los ciudadanos,  sin  distinción  de  raza,  color  de  la  piel,  sexo,  creencias  religiosas,  origen nacional y cualquier otra lesiva a la dignidad humana[4]. Sin embargo, en la actual Constitución de la República de Cuba[5], la discriminación por el color de la piel es tratada casi exclusivamente en el artículo 42, sin que se aprecie un cambio en relación con la versión anterior. El problema de la discriminación a razón del color de la piel sigue manteniendo su estatus como el gran invisible constitucionalmente, incluso a día de hoy.

¿Alternativas ante el racismo estructural?

En un contexto como el actual, en donde nos encontramos inmersos en el  Decenio Internacional de los pueblos afrodescendientes (2015  hasta  el  2024), proclamado por la  Organización  de  Naciones  Unidas  (ONU), son muchos los retos y las posibilidades que se abren ante la búsqueda de alternativas de lucha contra el racismo.

El Decenio Internacional de los Pueblos Afrodescendientes es, ante todo,  expresión  del  desarrollo  del  movimiento  afrodescendiente  y  sus luchas y tiene como objetivo expreso “promover el respeto, la protección y la realización de todos los derechos humanos y libertades fundamentales de los afrodescendientes,  como  se  reconoce  en  la  Declaración  Universal  de  Derechos  Humanos”  (ONU,  2014:  5). 

Un Decenio puede no ser suficiente para sellar un problema ancestral como lo es el racismo pero es todo un paso en el camino contra esta lacra social que se refleja a todos los niveles en la sociedad y expresa la voluntad política para asumir compromisos entre las naciones. Aunque no existen garantías para decir  que en este plazo se le pondrá un freno a las desigualdades raciales, si que contribuye a que se preste atención en profundidad sobre estas acciones. Muchxs son los expertos que proponen ir más allá del Decenio, puesto que sin dudas su proclamación esta llamada a sembrar un semilla.

El desafío radicará en mantener una constancia y seguimiento sobre las estrategias llamadas a afrontar el problema de la discriminación racial. Entre estas destacan la puesta de atención en las políticas públicas, darle voz a los movimientos afrodescendientes como agentes de cambio, la inclusión de variables complejas y articuladas que miden las desigualdades en los informes, análisis y construcción de políticas de lucha contra el racismo sobre la base de la interseccionalidad de “raza”, género, sexualidades, generación, clase, cuerpos y territorios. Otras posibles vía de solución es habilitar vías desde la educación, con la posibilidad de tratar estos temas de manera abierta en todas las instancias del sistema educativo, incluir la instrucción contra el racismo en los medios de comunicación, principales canales de su propagación. [6]

En Cuba, organizaciones como la Alianza Unidad Racial (AUR), se enmarcan como parte de los esfuerzos por la protección de los derechos de las personas discriminadas por su color de la piel. También destaca la reciente creación del Programa nacional contra el racismo y la discriminación racial, el que debe considerarse un paso importante en este camino. El nuevo programa tiene el objetivo de “combatir y eliminar definitivamente los vestigios de racismo, prejuicios raciales y discriminación racial que subsisten en Cuba”, según explicó el viceministro de Cultura, Fernando Rojas.

¿Será efectivo? ¿Romperá esto con el racismo anclado estructuralmente en la sociedad cubana? Eso nadie lo sabe, pero son importantes estos esfuerzos porque ponen en alza que existe voluntad por barrer con los demonios no invencibles del racismo estructural.


[1] Galtung, J. en Tortosa, José María (2003), Violencias ocultadas, Quito: Abya Yala.

[2] http://www.lajiribilla.cu/uploads/article/2018/847/Decreto-349.pdf

[3] https://www.wipo.int/edocs/lexdocs/laws/es/cu/cu004es.pdf

[4] https://www.acnur.org/fileadmin/Documentos/BDL/2001/0511.pdf

[5] https://constitucion.eltoque.com/

[6] http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20171006013311/Mas_alla_del_decenio.pdf


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s