I can’t breath

… A propósito del asesinato de George Floyd

Black lives matter, es el lema del movimiento antirracista que está en auge desde 2013 en Estados Unidos. Sienta sus objetivos en el interés por erradicar la supremacía blanca e intervenir a través del poder local en la violencia infligida en las comunidades negras por el estado y los vigilantes.

El reloj me indica que son las 9:00 pm, quiere decir ya es hora de salir. Solía correr casi todos los días a esa hora pero desde que empezó el confinamiento digamos que tuve que readaptar mi cuerpo a la rutina del ejercicio en casa, cosa que cuando lo haces en compañía te hace disfrutarlo con mayor placer.

Pero esa libre sensación que da el estar al aire libre, el disfrutar el contacto del viento en tu cara mientras tu cuerpo se mueve en su dirección, es energizante en todos los sentidos cuando se acompaña de la belleza panorámica que ofrece el correr frente al río Guadalquivir, ese que me hizo enamorarme de Sevilla a primera vista. Es una suma de satisfacciones increíblemente concertadas las que provee el correr.

No soy una atleta, probablemente después de los 10 minutos corriendo ya empiece a sentir el cansancio del esfuerzo y en ocasiones tengo que parar, en otras logro alcanzar mi meta sin descansos. En ambos casos, disfruto del ejercicio con plenitud porque para mí no es sólo llenar los pulmones de aire y dejar que el entrenamiento cumpla con la función de mantener mi cuerpo ejercitado y sano, es también un tiempo que me dedico a la reflexión.

Esa tarde en la que salí a correr, llevaba unos cuantos días sin hacerlo, pero era uno de esos en que lo necesitaba, mentalmente mi cuerpo me lo pedía a gritos, debía forzar a mi cerebro a no pensar. La meditación  suele ofrecerme estos resultados siempre que logro concentrarme en mi respiración, pero sabía que sería en vano intentarlo, que lo mejor en esos momentos era correr.

Ese día corría por evitar pensar lo injusta que es la vida cuando te pone en una situación como la que vivió George Floyd el día que lo asesinaron. No, no se trató de un accidente, tampoco el policía intentaba usar una técnica de coacción en defensa propia, ni siquiera existían razones para justificar la violencia ejecutada hacia Floyd por ser un presunto sospechoso de comprar un billete falso de 20  dólares.

Ocho minutos y 46 segundos estuvo Floyd con la rodilla del policía Dereck Chauvin presionada contra su cuello mientras agonizaba y clamaba por su vida. El agente ni se inmutó incluso notando que no ofrecía resistencia, que estaba prácticamente inconsciente. Floyd moriría unas horas después en el hospital.

La ola de manifestaciones en contra no se ha hecho esperar. La muerte de Floyd es un ejemplo más de la brutalidad policial aplicada sobre todo a las personas por su condición étnica porque el sistema penal continúa segregando y encarcelando motivado por criterios raciales. Los policías implicados han sido despedidos y detenidos. Chauvin ha sido acusado de asesinato pero, ¿dejarán de repetirse estos casos? ¿Devuelve estas condenas la vida a todos los injustamente asesinados?

Floyd debería estar vivo, así como deberían estarlo Trayvon Martin (2012), Michael Brown (2014), Tamir Rice (2014), Eric Garner (2014), Freddie Gray (2015), y todos los hombres negros que han sido asesinados injustamente a manos de la policía.

No se trata de hechos aislados. El asesinato de George Floyd se une a toda una historia que remonta sus precedentes en el injusto sistema de encarcelamiento masivo en los Estados Unidos.

“Mass incarceration in the United States had, in fact, emerged as a stunningly comprehensive and well-disguised system of racialized social control that functions in a manner strikingly similar to Jim Crow”. Michelle Alexander

Las leyes de Jim Crow constituyeron una forma de legalizar la segregación racial a todos los niveles por mandato. Bajo la insignia “separados pero iguales” se excluía a los afroamericanos y otros grupos étnicos no blancos en Estados Unidos.

Entender cómo opera el racismo en Estados Unidos pasa por desmontar el sistema de castas en el país, y la histórica segregación racial arraigada en lo más profundo de la sociedad a todos los niveles. Se pueden encontrar las evidencias en determinados momentos de la historia que demuestran el control social racializado.

Empezando por la esclavitud, el sistema Jim Crow, hasta llegar a nuestros días con el encarcelamiento en masa, todo ello en su conjunto explican las bases y cómo se configura actualmente el racismo en esta nación. Ello bien se explica en la obra de la jurista, Michelle Alexander, The New Jim Crow. Mass Incarceration in the Age of Colorblindness.

La obra constituye una referencia de inmediata y necesaria lectura para entender que el encarcelamiento por criterios raciales han sido una constante aplicada por el sistema penal desde los tiempos de la Guerra contra la Droga. En esta época comienzan las redadas masivas de las fuerzas judiciales en los barrios pobres habitados principalmente por afroamericanos.

Se explica cómo la raza ha sido transversalizada como factor de orden dentro del sistema penal y que ha condicionado el encarcelamiento desproporcionado de grandes cantidades de jóvenes negros, disparidad que según la autora ha respondido a la selectividad de las detenciones, controles policiales y los prejuicios raciales por parte de todos los operadores del sistema penal.

Pero el sistema no acaba su ciclo segregacionista cuando se cumple el objetivo del encarcelamiento, sino que el proceso se extiende de ahí en adelante a todos los niveles, de manera que afecta de por vida a la persona cuando sale de prisión. En este punto es donde más fuerte actúa el racismo estructural porque cuando quedan libres estas personas (generalmente negros y pobres) quedan expuestos a las limitaciones que les imponían el sistema Jim Crow. Esto en la práctica se concreta en la exclusión social, restringiéndoles o eliminándoles derechos fundamentales sociales y políticos.

Es importante atender a los hechos alarmantes que ocurren, a las noticias, a las cifras que ponen sobre el banquillo la cara más reciente de un problema real con repetidos precedentes:

  • Al cierre de 2016, se estimó que el 60% de los hispanos y negros sentenciados a cumplir más de uno año en prisión estatal habían sido condenados y sentenciados por una ofensa violenta, comparado con 48% de los prisioneros blancos. Al finalizar 2017, la tasa de encarcelamiento de hombres negros condenados (2,336 por 100,000 negros residentes masculinos en EE. UU.) era casi seis veces mayor que la de hombres blancos condenados (397 por 100,000 blancos residentes masculinos en EE. UU.) (Oficina de Estadísticas de Justicia).
  • En 2018 existían en EE.UU. 2,3 millones de personas en prisiones y cárceles estatales y federales, que representan la mayor población penitenciaria del mundo (Informe mundial de 2018).

Actualmente el escenario no es muy alentador. La muerte de Floyd ha avivado la llama de la denuncia e impulsado gran cantidad de manifestaciones motivadas por la denuncia y el cuestionamiento a las propias fuerzas policiales del país, supuestas instituciones de control, seguridad y orden.

Y el agravante lo constituye el peso de la incapacidad del gobierno central, liderado por un jefe de gobierno que, para empezar, es incapaz de controlar a un país en emergencia sanitaria. Y sólo para ilustrar cuán preocupante resulta el escenario, cabe la pena destacar que estamos hablando del mismo presidente que ha motivado inyectar desinfectante y luz a enfermos de la Covid-19 para matar al virus.

“Pongamos que golpeamos el cuerpo con una luz tremenda, ultravioleta o simplemente muy potente…Y supongamos que puedes meter luz en el cuerpo, a través de la piel o de alguna otra manera. Creo que vas querer probarlo (…). Me gustaría que hablaras con los médicos para ver si hay alguna manera de aplicar luz y calor para curar”.

Es un poco difícil de imaginar que este señor, después de tales palabras providencialmente estúpidas, pueda liderar un proceso de cambio en vistas al necesario control que merece la situación actual en el país. Mientras tanto, nos queda esperar el cese de las víctimas, la necesidad de cambio de un sistema que ha legitimado la segregación racial como política.

I can’t breath, estas fueron las últimas palabras que sellaron la vida de George Floyd aquel día en que, por injusta causalidad, murió asesinado. Ojalá no hubiese pasado, ojalá Chauvin solo hubiese hecho su trabajo sin utilizar forzadamente la violencia. Ojalá se hubiese tratado de un 25 de mayo cualquiera, en que por obligada rutina, George hubiese ido a la tienda de comestibles y regresado a su casa junto a su hija. Ojalá, las múltiples coincidencias no hubieran despertado en Chauvin la necesidad de actuar como lo hizo, esas que encienden alarmas cuando se trata de juzgar de antemano a una persona por su color de piel y clase social.

Ojalá George Floyd estuviera entre nosotros, vivo.


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