Una Cuba de mandinga, congo y carabalí

Una reflexión a propósito del Día de África…

Dicen que los niñxs lo absorben todo como si fueran esponjas. Es uno de esos dichos populares que escuchamos desde siempre y que va dirigido a comparar la capacidad de esos invertebrados acuáticos, cuya alimentación y propia subsistencia es posible a través de la captación de partículas que penetran sus poros; de ello se aduce la analogía que las compara con la facilidad de captación que tienen lxs menores, esas pequeñas criaturas que encarnan la más inocente mirada a la vida.

A medida que vamos creciendo somos capaces de desarrollar habilidades, acumular conocimientos, experiencias, de caídas, empujones, dale y levántate otra vez, de decepciones, alegrías y en ese largo número de momentos vamos andando en el proceso de conocimiento de nosotros mismos.

Pero, qué implica el conocernos si no trajese consigo el entender nuestra cultura de raíz, el llegar a explicarnos cada elemento que nos caracteriza, muchos de los cuales guardan una cercanía directa con nuestros antepasados. La necesidad por reconstruir los episodios del pasado nos motiva para, de alguna forma, comprender ese presente del que somos protagonistas tanto como sujetos de nuestra individualidad, como parte de distintas estructuras que operan a varios macroniveles, ya sea que nos veamos comprendidos dentro de una nación, o de todo un continente, e incluso, si nos permitimos ponernos en el modo distópico y surrealista propios de las obras de Asimov, podemos vernos como una diminuta figura que forma parte de toda la infinita galaxia que se escapa a nuestra vista.

Conocer la historia nos permite acercarnos al conocimiento de nuestras raíces, esas que en Cuba, tienen de mandinga, congo, carabalí, parafraseando al poeta cubano Nicolás Guillén. Es mucha la diversidad cultural que nos precede, en esta ocasión merece especial atención la mirada hacia el continente africano. Por mucho que se empecinen algunos al reduccionismo típico de miradas todavía coloniales, África no es un país. Se trata de un continente formado por 55 naciones, de 2000 etnias y el tercero más extenso del mundo después de América y Asia.

Cuba es una de las tierras herederas de su riqueza, en donde cada día van teniendo más visibilidad los símbolos incorporados que también llevamos en la médula debido la influencia cultural de esta región. Aunque formamos parte de otro bloque regional, en momentos de oportuna celebración como el Día de África, es ocasión para extender las fiestas en todo el mundo porque no existe un lugar sobre los confines de la tierra que se haya perdido el mestizaje propio del desarrollo de nuestra sociedad civilizatoria. Portamos en vena múltiples códigos genéticos que nos hacen de aquí y de allá  también.

La celebración de África cada 25 de mayo responde a la fundación, en 1963, de la Organización para la Unidad Africana, actualmente conocida como Unión Africana. Es una fiesta que invita a  dar a conocer las necesidades que siguen enfrentando todos los países del Continente Africano pero también es un llamado a la reivindicación de los progresos que han alcanzado, con un especial énfasis en la liberación de las ataduras del sistema colonial. En Cuba es también una invitación para celebrar una cultura que nos es propia.

Nunca será tan merecido el respeto que le debemos a África como cuando reconocemos que llevamos parte de sus colores. Nunca ha sido tan cierta una verdad como aquella que pronunciara Guillén sobre el mestizaje en su poema Son número 6 y aquella inmortalizada frase “aquí está todo mezclado (…) negros y blancos, todo mezclado”.

Donde quiera que yo vaya diré “soy afrocubana” y más allá de la efeméride, todos los días respiramos a golpe de encuentros y prácticas cotidianas determinados elementos simbólicos que nos hacen llevar a África en vena. Me llena de alegría ver cómo se va impulsando todo un movimiento de orgullo afrodescendiente que, si nos vamos unos pocos años atrás, era mucho menor comparada con la ola de publicaciones que inundan los espacios virtuales hoy en día. Lo que más me emociona es el efecto de creciente proliferación del interés que despierta el tema entre las imágenes alusivas a la cultura africana.

En Cuba tenemos que hablar de colores, de matices, de blancos, negros y grises, de turbantes y collares de Orula, de patakíes, rituales y cultos, pero también de rumba, de cantos, de folklor, de ajiacos y quimbombó como aportadores al arte culinario y de un largo número de etcéteras igual de importantes.

Todos esos elementos que forman parte de nuestras raíces culturales, nos definen como una nación donde predomina el sincretismo religioso, la polirritmia y las polifonías africanas, las creencias y costumbres legadas de nuestros ancestros. Todo eso es África en Cuba y está lejos de ser lo que algunos llaman una moda o tendencia. Son formatos que devienen de la historia social y cultural que se remonta a los tiempos coloniales, cuando fueron transportados, en contra su voluntad, hombres, mujeres y niños desde África a estas tierras. Debemos ser conscientes de los acontecimientos que nos preceden para poder entender que cualquier atributo que sea llamado como tendencia o moda y que tenga su raíz en un elemento histórico, está lejos de ser tal cosa.

América toda es una caldera de sazón, cuyos pueblos guardan en las esencias de sus identidades la conjugación de múltiples influencias que nos reclaman la pertinencia de hablar de una Améfrica Ladina diversa. Se trata de un término acuñado por la intelectual afro-brasilera Lelia González para reconocer y dar voz propia a estas poblaciones, muchas de las cuales se encuentran excluidas en sus propios contextos de pertenencia; con este se llama a visibilizar la influencia del mestizaje en el proyecto social de Nuestra América. El término reivindica una historia marcada por el colonialismo, la esclavitud, la explotación, el racismo, y la cruenta opresión a la que fueron sometidos nuestros ancestros. Celebrar África es una forma de celebrar también la cultura cubana y de implicarnos con la diversidad que encarna cada elemento que nos caracteriza.

Me gusta lo que veo cuando, en el descanso que ofrece la pausa de la reflexión, me vienen a la cabeza los colores tan variados y diversos que nos regala el mestizaje, ese del que somos herederos. Y entonces recuerdo lo plena y orgullosa que me siento de formar parte de este exquisito ajiaco.


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