La sublime vida de una muñeca negra

Cuando llegó a mis manos no tenía nombre. Era una viajera solitaria, de esas que emprenden un largo camino en la vida sin un destino claro más que el de hacerse querer por un tiempo y volver a partir. Se veía cansada, como si no hubiese bastado lo largo del camino que había recorrido para llegar ahí, parecía como si tampoco hubiera sido fácil para ella.

Mi madre me la regaló como sorpresa de cumpleaños y cuando mis ojos entraron en contacto visual con aquella criatura, yo abrí mis ojos saltones que casi se me salen de órbitas, por la sorpresa de tenerla en frente. Nunca le pensé un nombre, siempre la llamé simple y sencillamente, mi muñeca negra.

«El imaginario del juguete se distingue por la ausencia de tratamiento de otras razas, aunque en algunas ocasiones y muy tímidamente se detectan algunos casos » (Tosa, 1999).  

No le puse nombre porque hacerlo hubiese sido como profanar la originalidad que guardaba su esencia misma. Tocarla era como palpar un dolor desconocido pero a la vez perceptible entre mis manos. En mi cabeza había trazado el mapa de su vida como si la hubiera acompañado en todo momento, como si cada una de sus vicisitudes formara parte de mi vida también.

Sus ojos parecían melancólicos, su sonrisa casi se desdibujaba del rostro por el desgaste del tejido que unía cada una de sus partes. Esa sonrisa imperfecta era mi felicidad, lo que me hacía quererla con todas mis fuerzas hasta el punto de no querer despegármele cuando llegaba a casa.

Quizás otrxs la veían como una simple muñeca de trapo. Quizás mi madre me la regaló sin la intención de que yo me le aferrara por aquello de que “no era más que una muñeca negra de trapo”. Para mí era mucho más. Sentía que nos unía una extraña comunicación telepática que me hacía creer que me leía la mente. Yo le hablaba también, confiándole mis secretos más íntimos en voz alta y siempre tuve la sensación de que estaba atenta.

Compartíamos muchas cosas en común. Éramos dos niñas, sólo que una de carne y hueso y la otra, atrapada en un cuerpo de trapo. Mi muñeca negra iría perdiendo el contorno de su sonrisa con el tiempo, pero esto no disminuyó mi amor por ella. Cuando se delineó por completo, ya no me hacía falta porque, al fin de cuentas, seguía estando ahí. Era su esencia la que me despertaba esa emoción que no desapareció ni con los años que iba acumulando.

Pero esa extraña conexión no sería pasajera. Mi madre pensaba que era producto de mi imaginación infantil que se inventaba historias en donde éramos protagonistas las dos. Pero la verdad es que, además de las aventuras en las que la imagine acompañándome, era ese referente cercano del que me sentía privada.  

No era yo una niña a quien abundaban los juguetes, quizás por eso la apreciaba tanto, y por lo diferente que era en comparación con los de mis amigas, incluyo barbies, todas rubias o morenas casi anoréxicas. Nosotras sentíamos que teníamos que parecernos a ellas en algún momento de nuestras vidas; para eso son concebidas, para que nos sintamos identificadas como mujeres.

“La muñeca es por un lado, la metáfora social de la mujer objeto de deseo,  y por otro la mujer madre y cuidadora” (Iglesias y Pereira, 2008, p. 10). Recuerdo que nos pasábamos horas cosiéndole ropita a esos pequeños seres, o cocinando, o cuidando de los bebés. “A partir de estos modelos, las niñas son inducidas a interpretar el mundo desde una perspectiva de deseo masculino, a pensar en función del otro y a perpetuar el conflicto identificativo de graves consecuencias para el futuro de las mujeres” (íbidem).

Ella era cercana a mí, sobre todo, por el parecido a mi color de piel, eso me hizo quererla de una manera especial. Por muchas razones mi muñeca terminó convirtiéndose en una ilusión de mi misma. La repetida historia de las casitas para las niñas y el deporte para los niños tiene una influencia directa en cómo desde nuestra niñez comenzamos a construir nuestras vidas apegadas a modelos. Se nos construye una realidad a través de los juguetes, tan llena de estereotipos, que se convierte en un escándalo y en algo socialmente juzgado cuando una niña comienza a sentir preferencias por algo “no femenino”, lo que también sucede en el caso de los niños cuando muestran interés por algo considerado “femenino”.

Mi muñeca negra rompía también con algunos de los esquemas y ya por eso sentía que tenía un tesoro entre manos. Llegó a mi cansada, pero no rota. De alguna manera ella representaba la virtuosa vida de una mujer que ha llegado lejos rompiendo barreras, así de desaliñada como llegó, yo la recompuse con el cariño que le profesé desde el primer momento.

Lxs niñxs muchas veces encuentran en sus juguetes el aliento que los devuelve al mundo de fantasía que construyen en sus mentes. Ellos se convierten en esx mejor amigx y compañerx de aventuras y travesuras. Aun cuando es criticable su construcción estereotipada, es importante destacar como positivo el que las muñecas, como todos los juguetes, son ese símbolo que forma parte primordial  en  el crecimiento y desarrollo intelectual y creativo de lxs niñxs (De  Konn, 2006).

Se supone que toda producción en esta industria deba estar alejada de la violencia. Ahora resulta que hay muñecas que se conciben como herramientas de autocontrol de la ira. Como si la violencia fuera algo natural y nos la vendieran como recurso tal cual si se tratase de un medicamento o la cura de una enfermedad. Como si vender un juguete destinado para recibir golpes fuese la solución a los problemas de violencia que enfrenta la humanidad y de la que somos participes como seres humanos.

Mi desconcierto viene dado a raíz de la reciente noticia sobre la venta de muñecas negras con instrucciones para ser golpeada contra la pared en caso de estrés, en un establecimiento en New Jersey, Estados Unidos. Angela McKnight, política demócrata estadounidense, fue la mujer que denunció este hecho, explicando que le molestaba y que era “una representación inadecuada de las personas negras (…) Cuando vi a la muñeca en persona, me estremecí y me sentí realmente desanimada por la idea de que una niña negra fuera golpeada por otro niño o un adulto por puro placer”.

La muñeca llevaba grabada las siguientes instrucciones:

“Cuando las cosas no te vayan bien y quieras golpear la pared y gritar, aquí está la muñeca ‘siéntete mejor’ de la que no podrás prescindir. Solo agarra con fuerza sus piernas y encuentra una pared para golpearla. Y mientras golpeas no te olvides de gritar ‘me siento bien, me siento bien”.

Con esto se vende la idea de que ante la violencia mejor golpear a una mujer y mucho mejor si esta es negra. Este hecho no hace más que reforzar el lamentable odio que promueve la industria del consumo, valiéndose de la representación de la violencia de género y del racismo como antivalores sociales. Con ello contribuye a fortalecer el terror, la segregación, la misma violencia que alienta a resolver y de dirigirla hacia un sector muy específico de la población, cual si estuviese muy bien liberar el estrés solo con el placer de golpear a una mujer negra.

Lamentablemente lo que parece tan obvio no lo es para algunxs. Y aunque la muñeca antiestrés ha sido retirada del mercado, todavía me pregunto cómo, productos como estos pueden llegar tan siquiera a ser concebidos. Mi mayor temor es que lxs nixs están siendo expuestos a una sociedad en la que se reproduce cada vez de forma más extrema el sectarismo, la xenofobia, el racismo, la violencia en todas sus formas de expresión. Temo que se fortalezca el odio sin sentido y si me preguntan, no quiero un mundo así para nadie, mucho menos para las nuevas generaciones, ni tampoco para esos objetos sagrados de nuestra infancia. Pensar en que mi muñeca pueda ser golpeada, lanzada, maltratada, sería como también sufrirlo en carne propia.

A día de hoy todavía la pienso. Llegó a mi vida como una viajera solitaria pero encontró donde quedarse para siempre… ahora habita mis más dulces recuerdos de la infancia.

Referentes bibliográficos

Iglesias Méndez, M. L. y Pereira Domínguez, C. La publicidad de los juguetes. Una reflexión sobre sus contravalores y sobre el fomento de la desigualdad de género (2008). En Sahuquillo, P. (Ed.). Educación, género y políticas de igualdad. Comunicaciones, experiencias y pósters. Valencia: Universitat de Valencia.

Tosa, M. (1999). Barbie, 40 años de fantasía. Palma de Mallorca: Cartago.


2 respuestas a “La sublime vida de una muñeca negra

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