Mujeres racializadas… ¿somos todas? (II)

Hatibi es una mujer musulmana y cuenta su propia historia sobre el racismo institucional del que ha sido víctima como mujer, musulmana e inmigrante: “Ocurren cosas como que una escuela impida que sus alumnas musulmanas vayan a clase porque llevan velo, aunque no haya una ley que lo prohíba. Es una decisión que se toma desde un espacio de poder, en este caso, la dirección de un colegio”.

Sofía Carrillo es una mujer peruana, periodista e inmigrante. En una entrevista que le hiciera Diana Sierra, de la Revista Afroféminas, afirma que el racismo ha sido parte de su vida y lo ha sentido en carne propia cuando, ante su conocimiento sobre ciertos temas, la gente reacciona sorprendida. “No asumen que una mujer negra pueda entre comillas hablar bien, hablar tantos temas, tener una opinión y una posición política”.

En estas experiencias concretas pesa la carga negativa que se impone socialmente sobre la etnia, el género, la clase social, el origen migratorio, entre otros elementos condicionantes de la opresión que han tenido que enfrentar. Estas dos mujeres han sido víctimas de un racismo estructural manifiesto en nuestra sociedad actual, pero no son historias nuevas.

Buscando indagar en el término racismo para su análisis, nos encontramos con el concepto que aporta la Real Academia de la Lengua Española (RAE), en donde se encuentra definido en relación con el vocablo raza:

«De raza e -ismo. 1. m. Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico que suele motivar la discriminación o persecución de otro u otros con los que convive. 2. m. Ideología o doctrina política basada en el racismo » .

Entre las definiciones que aporta la RAE sobre la raza se encuentra:

«Cada uno de los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas y cuyos caracteres diferenciales se perpetúan por herencia».

El término raza comienza a utilizarse como instrumento de clasificación social para explicar las supuestas diferencias estructurales biológicas entre los diversos grupos que encontraron los europeos durante la colonización de América. Todo lo que hiciera referencia a este, marcaba jerarquía y superioridad de unos grupos sobre otros. Utilizarlo como atributo distintivo biológico entre personas es incorrecto porque lo que entraña es un significado social.

En este sentido, se reconoce su valor como construcción social que no sólo habla del color de la piel, sino de todo lo que social y culturalmente vendría asociado a esto.

Académicos que han profundizado en su origen y en si hablar de razas es pertinente o no, han afirmado que «la raza es socialmente construida, históricamente maleable, culturalmente contextual, y reproducida mediante prácticas perceptivas aprendidas» (Alcoff, 2006, p. 182). Por tanto, no existe como categoría de clasificación humana, pero es preciso nombrarla por los efectos que de ella derivan, las consecuencias de poder implícitas y las desigualdades que ha designado entre los individuos. 

Estoy a favor de la pertinencia de hablar de etnias, por tratarse del concepto más adecuado para hacer referencia a las prácticas culturales y perspectivas que distinguen a una determinada comunidad de personas. Pero en este contexto hablaré de razas porque nos puede ayudar a entender su connotación y el peso que ha derivado en los procesos de empoderamiento de grupos socialmente marginados.

Cuando procedemos a la búsqueda de racialidad o racializar, estos términos no encajan en ningún resultado de búsqueda de la RAE, aunque sabemos que derivan de raza. Sin embargo, el concepto racialización sí ha estado en el centro de los estudios de la Teoría decolonial. Esta explica cómo el sujeto “blanco” europeo creó la idea del “ser” asociado a sí mismo y a la del “no ser” lo relacionó con una “otredad” en la que confluían el resto de las personas. Con ello terminó marginando a este grupo mediante el uso de la voz raza.

Durante el período de colonización se descalificaron las manifestaciones culturales y modos de vida de los indígenas, considerándose incivilizado y primitivo todo lo ajeno a la cultura de los colonizadores (Pineda, 2014). Ello conllevó el dominio, sometimiento y la construcción de otredades a través de su racialización; la cual actuó como justificación para el aniquilamiento físico, simbólico y la subalternización de todo aquel considerado diferente.

La Teoría decolonial despertó la acción colectiva de prácticas emancipadoras contra el dominio cultural y económico que impuso la colonización, cuestionando la supremacía de valores y patrones de poder. En ello buscaba cuestionar y denunciar la racialización y colonización en vínculo directo con el sistema dominante. Dicho término ha marcado jerarquías de superioridad e inferioridad y ha sido tomado por las voces subalternas como un valor reivindicativo de sus identidades.

En estos procesos de empoderamiento y reivindicación ha confluido la lucha feminista de muchas mujeres que se identifican como racializadas ante la marginación y discriminación que el sistema ha impuesto sobre ellas por su origen de nacimiento, rasgos físicos, cultura.

La mirada hacia cómo nos nombramos debe estar por encima de las connotaciones negativas y racistas que determinen los grupos dominantes sobre nuestras formas de nombrarnos. Ser negra, gitana, musulmana ¿y qué? La esencia está en sostenernos en nuestras propias identidades ante las intenciones de opresión, deslegitimación y deshumanización social de las mismas.

Victoria Santa Cruz así lo canta en su poema Me gritaron negra, el que encierra un mensaje de empoderamiento ante el intento de unos grupos por despreciar las identidades de otros y por trasladar desprecio y valores negativos hacia características que nos definen y por las que deberíamos estar orgullosas.

«Y bendigo al cielo porque quiso Dios
que negro azabache fuese mi color
».

Mujeres racializadas ¿somos todas? Sí, todas, con independencia de nuestro color de piel, unas se encuentran en el conjunto de lo denominado “superior” y otras en el conjunto de lo “inferior”. Con ello no intento negar la diversidad de nuestras identidades puesto que no es posible, entraría en una contradicción propia de la categoría identidad como concepto que no es fijo, sino que se recrea individual y colectivamente y se alimenta continuamente de la influencia exterior (Molano, 2007, p. 73).

¿Vivimos del mismo modo nuestras experiencias como mujeres racializadas? No. Sin dudas, categorías como el color de la piel, preferencias sexuales, clase, origen migratorio, religión, entre otros elementos terminan caracterizando nuestras historias situadas. Compartimos códigos comunes pero indiscutiblemente somos seres humanos distintos y diversos.

Cierto que el propio término raza justifica dinámicas de opresión y supremacía y considero totalmente legítima y necesaria la reinvindicación de grupos históricamente subordinados, pero alcémonos con nombres propios que marquen la especificidad de nuestras luchas como mujeres negras, musulmanas, gitanas, etc.

Nuestras opresiones son particulares, somos mujeres racializadas todas pero las experiencias como mujer racializada negra no son las mismas que las de otras mujeres también racializadas. Las personas blancas también son racializadas, y sobre la blanquitud también se ha construido un sistema de privilegios que es preciso desmontar en función de eliminar las desigualdades y jerarquías.  La crítica al pelo afro, al color oscuro, a rasgos fenotípicos particulares, difiere de la crítica de que han sido víctimas otros grupos sociales.

¿Y si me preguntan a mí? Soy mujer negra, cubana e inmigrante y recuerdo los primeros días fuera de mi país. La sensación que tenía cada vez que andaba por la vía pública era la de sentirme observada todo el tiempo. Ahora ha disminuido, pero porque me ha dejado de importar, porque percibo que voy más cómoda conmigo misma y no con lxs demás.

Me gritaron negra, Victoria Santa Cruz

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